
Queridos lectores, sigo con entusiamo la historia de la decadencia humana que nos rodea. Por si no lo saben, soy de la opinión de que el mundo se derrumba lenta e inexorablemente a nuestro alrededor. Sólo la belleza puede mitigar el sentimiento de vértigo de nuestra caída.
Recorro las calles observando discretamente mientras escucho el estruendo del derrumbe de nuestra miseria y estupidez. Siento la nausea viendo por las calles las horrendas masas, agolpándose en las aceras, compitiendo en los comercios, cargándose de bolsas para regalar a sus familiares y amigos. Las calles están iluminadas como una berbena de pueblo y de las bocas de todos emanan vahos de aliento, que traen a mi mente la imagen de los vapores de las alcantarillas de Nueva York.
Qué repugnante espectáculo de falsedad, consumismo y embotamiento. Una ciudad de mil almas distribuidas en cuatro millones de cuerpos. Mentes tan vacías que la simple intuición de ello me produce vértigo. Con todas esas lecciones bien aprendidas y esa inutilidad ridícula en cuanto les sacan de los caminos trillados.
“Conoce la auténtica naturaleza de cada uno, lo que busca”, decía Marco Aurelio, posiblemente el último de los grandes, que tuvo que ver cómo se extendía la moral de esclavos a su alrededor. No sé si hay algo al otro lado de esa mirada ovina que se medio oculta tras el vaho, aparte de un sopicaldo de ideas preconcevidas y de ignorancia buscada.
Vuela, vuela, vuela, vuela…
Vuela, vuela, vuela, vuela…
Probablemente se pregunta cómo he podido llegar hasta aquí, hasta este estado que sin duda muchos consideran como una enfermedad. Probablemente incluso como una perversión. Nada de eso.
Puede que en algún tiempo yo creyera como usted, en el orden social, en una legalidad que sería garantía de algo, en un alma para la humanidad… pero usted tampoco cree ya en eso, ¿verdad? Estoy seguro que eso le intranquiliza, y que prefiere evitar pensar en ello. La vida es mucho más sencilla así. Si alguna vez creí en algo parecido sería en otra vida, no en esta.
No tengo más que asomarme a las calles para comprender que no puedo considerar a la gente como mis hermanos. ¡Cuanta mezquindad, bajeza y mala educación! No, no hay nada que yo pueda pensar en compartir con esa masa. Quizá hay personas aisladas, siempre una minoría, que tengan algo que ofrecer, una moneda de cambio intelectual.
No puedo identificarme con las legiones de muertos vivientes que nos rodean, ni ser solidario con ellos, ni pensar en que haya algún motivo común con el que poder identificarnos.
¿Igualdad? Es, naturalmente, una pregunta retórica. ¿Podemos considerarnos iguales? Claro que no. La naturaleza nos ha hecho a todos diferentes, es una regla básica para cualquiera que tenga una mínima capacidad de observación. Y si de lo que se trata es de igualdad ante la ley, ¿acaso existe? No creo que nadie sinceramente crea que eso existe, salvo que viva en una alucinación idealista.
No, no hay fraternidad, ni tampoco igualdad. Yo elijo la libertad, la libertad del diferente, de la minoría perseguida, del camino de espinas del que renuncia a los cómodos caminos previamente trazados para que el rebaño no se extravíe. ¿Me lo va a recriminar?
Elijo entoces el camino del ostracismo, y de mi justicia particular, sin aspirar a ser
comprendido. Me muevo entre la gente, escrutándolos, observando su decadencia, su soberbia y su ignorancia. Conducen sus coches, pagan en el gran almacén, recorren las calles, toman café, y allí estoy yo, acechándolos silenciosamente sin ser advertido. Sólo queda esperar el final, en el que nos alcance la justicia de lo inevitable. Somos una
manada desbocada dirigiéndose a un abismo, y ya no hay quien nos detenga. Mientras me
arrastren consigo yo preferiré mi libertad y es que ellos no tienen nada con lo que pueda identificarme.